Final de temporada de carretera (Road season final journey)
Un regalo de día. Ni pintado hubiera salido un día así tras el traicionero y rebelde mes de Agosto que llevábamos. Solecito, temperatura suave y aire calmado. Las condiciones climáticas aumentaban mi ilusión de superar los 95 kilómetros con sus puertecitos tirando con mi katiusha del 88. (Como decía Kubala: “los chicos, bien; la moral, alta; enemigo difícil”). Bueno, menos lobos, ¿verdad?. Además, iba bien preparado: los bolsillos llenos a rebosar de galletas variadas, todas las que encontré en casa.

Comenzamos la marcha todos juntitos. Creo que éramos diecimuchos, aunque no todos se quedaron finalmente a la comida (no saben lo que se perdieron). Juntos hasta Ribafrecha, donde mandé a todo el mundo para delante. Todos me obedecieron menos Miner, Jesús (de aquí en adelante, Navarrete) y Jesulón, que me acompañaron amablemente a mi ritmo acompasado, lento, pero firme y seguro (como me definió una movida noche aquella....Bueno, que me voy por las ramas a otra etapa).
En el mirador del cañón del río Leza me reencontré con los colegas, que estaban terminando de reponer fuerzas. Los buitres leonados volaban cerca de nosotros a poca altura curioseando atraídos por el rojo de los maillots o quizás por el olor a carroña (¿quién no se ha duchado esta mañana?).
En la bajadita a Soto y el llano hasta
Jalón se fueron todos a toda leche sin tener que decirles nada. Yo seguía a mi
ritmo previsto, respirando hondo para empezar la subida a la Rasa intacto y pedaleando alegremente en compañía de nuevo de mis
apreciados Miner, Navarrete y esta vez
Rafa. Yo iba dando cuenta de mis galletas con una creciente dificultad para
hacer en la boca el bolo alimenticio y tragarlo. Masticando, masticando no
conseguía pasar el bocado del estado plastilina, imposible de deglutir,
kilómetros y kilómetros hasta que tomaba un largo trago de agua para ayudar.
El puerto de la Rasa lo subí bien, metiendo todo lo que da de sí mi katiusha y con fuerza. Eso sí, a
mi ritmo. A la altura de Muro se encontraba Manolo esperándonos, entusiasta
como siempre, amabilísimo repartiendo latas de cocacola y hasta te las colocaba
en los bolsillos para no tener que parar. Los kilómetros no se me hicieron
largos en absoluto. Yo tengo un truco para aguantar en los momentos de apuro:
pienso en mi enamorada, pero con imaginación, claro. El día seguía estupendo.
Sol sin apretar. Ya se ve al fondo el último repecho. Se me escapa entonces un “hostia-horreur”,
pero Rafa me anima. Y allí llegamos. Era como mi primera vez. Qué ilusión. El
resto del grupo estaba esperándonos en el alto, pero no les dejé descansar ni
un segundo más: “Venga, vale de vaguear. Hala, todo el mundo en marcha
delante de mí”. Y en efecto, me hicieron caso, a los pocos minutos los
perdí de vista. La bajada era de cuidado, con muchas curvas. Casi me cansé más
que subiendo. Pero las bajadas pasan
rápido y en un santiamén estaba en la
carretera nacional.
El resto, pan comido. Con la feliz compañía de Miner y Navarrete. O eso creía yo hasta que la Astrofísica cuántica apareció e impuso sus leyes: por un lado empezó a calentar el sol y por el otro las galletas, reunidas todas en mi estómago, emulsionadas con el agua y la cocacola, provocaron un aumento de presión peligroso. En algún sitio ya había leído sobre la importancia de llevar la presión adecuada en la bici. Ahora lo comprendía. Había que abrir la válvula para regular la presión, pero la válvula no se abría. Probé todas las posturas, hice concienzudos esfuerzos, que lo único que consiguieron fue agotarme en vez de dar su fruto. Así estuve sufriendo en silencio todo ese tramo. Sólo cuando paré para quitarme el casco (¡qué calor!) noté un pequeño alivio. Hasta que por fin avisté el pantano y me volví a animar. En el desvío a Laguna me esperaban Miner y Navarrete y juntos subimos el último puerto, corto, muy bien. Para entonces la presión estaba mejor. La bajada estaba sembrada de baches, alguno tremendo, que había que ir sorteando.
En un ratito apareció Laguna, el día continuaba espléndido, y allí estaban todos sanos y salvos. ¿Sin novedad? No. Hay que contarlo todo. El pinchazo del día le tocó a....Guillermo. Fue felicitado por todos. La comida en Laguna fue memorable, de auténtica escuela de restauración, por los platos y el atento servicio, en un precioso hostal rural, totalmente recomendable. Tras la sobremesa dimos un paseo por el pueblo, desconocido hasta entonces para mí. Ciertamente es un pueblo bonito, con las calles empedradas y cuidadas casas con los balcones repletos de geranios y petunias.

El lunes me dolía el borde iliaco izquierdo y aborrecía las galletas.